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La acción del Espíritu de Dios


El Espíritu de Dios capacita a los hombres para que actúen como Él quiere, de manera que se realicen sus planes. El Espíritu suscita una experiencia de visión y de sabiduría en algunos elegidos. En algunos casos provoca un discernimiento y sabiduría «naturales», aunque entregadas para que se realice el proyecto salvador de Dios: El faraón, refiriéndose a la profunda sabiduría de José, dice de él: «¿Dónde encontraremos un hombre como éste, que tenga el Espíritu de Dios?» (Gn 41, 38). Dios concede a Moisés una ayuda para que pueda solucionar los conflictos que surgían entre el pueblo: «Llama a setenta ancianos de Israel... Les trasmitiré del Espíritu que hay en ti para que puedan hacerse cargo del pueblo y no tengas que llevar esa carga solo» (Nm 11, 16-30).

En otros casos, es un don que trasciende las posibilidades del hombre. Balaam quiere profetizar contra Israel, pero se ve obligado a pronunciar, contra su propia voluntad, un oráculo de Dios: «El Espíritu de YHWH vino sobre él y entonó este oráculo...» (Nm 24, 2. Ver los capítulos 22 a 24). Samuel, movido por el Espíritu anuncia a Saúl: «A la entrada de la ciudad... Te tomará el Espíritu de YHWH, entrarás en trance y serás cambiado en otro hombre... Lo invadió el Espíritu de YHWH y se puso a profetizar en medio de ellos» (1 Sam 10, 6-10. Ver todo el capítulo).

Este Espíritu desciende para capacitar a aquellos que deben realizar una misión en nombre de Dios, a favor del pueblo. Al igual que en Moisés, «en Josué, hijo de Num, está el Espíritu» (Nm 27, 18; Dt 34, 9) para introducir al pueblo en la tierra prometida. Otro tanto sucede con los jueces, personajes carismáticos suscitados por Dios para liberar a Israel de los peligros en que se encontraba continuamente por culpa de sus propios pecados, durante los 150 años que separan la conquista de la tierra y la institución de la monarquía: «El Espíritu de YHWH vino sobre Otniel y se puso al frente de Israel... Revistió de fuerza a Gedeón... invadió a Sansón...» (Jc 3, 10; 6, 34; 14, 6). Saúl es el último de los jueces y él primero de los reyes. Desde entonces cesa esta forma momentánea de infusión del Espíritu para una misión concreta. Con la unción del más pequeño de los hijos de Jesé se realiza una donación más duradera, aunque siempre en función de una misión a favor del pueblo: «El Espíritu de YHWH permaneció sobre David desde aquel día» (1 Sam 16, 13). Otros reyes y personajes que tienen que actuar en favor del pueblo para salvarlo de los enemigos o juzgar los conflictos internos, lo harán, igualmente, impulsados por el Espíritu de YHWH.

El Espíritu de Dios es llamado, también «Espíritu de profecía» por su estrecha relación con los Profetas: Él los suscita y los «inspira» para que vean, comprendan y hablen (Is 59, 21; Ez 3, 12. 14. 24...). Porque el Espíritu los ilumina, pueden ver y comprender lo que los demás no entienden; porque el Espíritu actúa en ellos, realizan gestos poderosos en nombre de Dios y se cumple lo que anuncian. Isaías habla 50 veces de la Ruah y Ezequiel 46. Ellos, iluminados y movidos por el Espíritu, interpretan la catástrofe de la invasión y la prueba del Exilio como obra de este mismo Espíritu, que actúa también fuera de Israel y de forma sorprendente mueve los corazones, la historia... para que se realice el proyecto de Dios. Nos presentan el Espíritu de Dios como aquél que purifica los corazones, penetra en la interioridad, santifica al pueblo de Dios y realizará la salvación definitiva, escatológica, para todos los pueblos, cuando -al derramarse el Espíritu sobre todos- Dios lo será todo en todos. Hablan del Espíritu que realizará una nueva Creación, un nuevo Éxodo, una nueva Alianza, un nuevo Pueblo de Dios... de los que los anteriores eran sólo promesa, prefiguración.

En los tiempos próximos a la venida de Cristo, el pueblo judío se consideraba privado del Espíritu: «Ya no hay signos entre nosotros, ya no tenemos profetas y nadie sabe hasta cuándo...» (Sal 74, 9); «Después de la muerte de Zacarías, Ageo y Malaquías, los últimos Profetas, el Espíritu Santo cesa en Israel» (Talmud). Se esperaba la definitiva manifestación y donación cuando viniera el Mesías, en los últimos tiempos. Esto nos ayuda a comprender el entusiasmo suscitado por la actividad profética de Juan, primero, y de Jesús, después, y la continua pregunta: «¿Eres tú el que había de venir o tenemos que seguir esperando?».


P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d. 


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