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¿Por qué ofrecer una misa por nuestros difuntos?


La misa, sea celebrada en la iglesia de un pequeño pueblo de la montaña, en la catedral de Ajaccio o en la basílica de San Pedro de Roma, tiene un alcance universal. Lo que se hace presente, a saber, el sacrificio de Cristo ofreciendo su vida al Padre en un extraordinario estallido de amor, es “por nosotros y por todos”. La Eucaristía, sacramento del amor, nos convierte en contemporáneos del sacrificio de Cristo al Padre, a fin de que nos podamos asociar a este gesto de ofrenda y participar en la obra de nuestra salvación y de la salvación del mundo.

Con todo, el alcance universal de la celebración de la Eucaristía permite al presbítero que la celebra añadir una intención particular que le es confiada por los fieles. Las intenciones son diversas, afectan a la vida de las personas, a los acontecimientos que las marcan, pero también y sobre todo a los fieles difuntos. El uso se ha extendido, en las familias, de hacer celebrar una misa por un difunto. ¿Cuál es el alcance y el significado de este gesto?


La muerte es la ruptura de relación

La muerte de nuestros allegados, tanto si es súbita como si es causada por una larga enfermedad, es siempre una separación, una ruptura de la relación con el ser amado.


San Pablo nos exhorta a no dejarnos abatir como aquellos que no tienen ninguna esperanza. Él no nos pide, de ninguna manera, que neguemos el sufrimiento, sino que lo vivamos a la luz de la esperanza ofrecida por el Resucitado. Habiendo ofrecido su vida por amor a la humanidad, Cristo nos abre el acceso a la Vida de Dios.

Situarse en el punto de partida

Lo que constituye el núcleo de la esperanza del cristiano está presente en cada Eucaristía: anunciamos la muerte del Señor Jesús y celebramos su resurrección esperando su vuelta. Celebrar la Eucaristía es, de alguna manera, situarnos en el punto de paso entre nuestro mundo y el Reino de amor y de felicidad que es la tierra prometida de todos los que pasan por Cristo. Él nos da testimonio:”Yo soy la puerta”(Jn 10,9), “Nadie va al Padre, sino por mí”(Jn 14,6). Cristo presente en la Eucaristía reune a todos aquellos que están aún de camino en la tierra y reconocen en él a su Salvador, el camino a la verdad y la vida. Pero el Cristo que nos recibe en la Eucaristía está también en comunión con todos aquellos que ya han dejado este mundo hacia el Padre.

Restablecer una relación en la comunión en Cristo

Cuando confiamos una intención de misa por un difunto, vivimos en Cristo Resucitado un encuentro misterioso aunque real con aquel o aquella que ya ha entrado en la vida. La comunión de los Santos establecida en Cristo hace vivir en comunión a los vivientes en la tierra y los vivientes en el cielo. Unidos a Cristo en la celebración de la Eucaristía estamos en comunión con nuestros difuntos. Rogamos a Cristo por ellos, ellos ruegan a Cristo por nosotros. En esta comunión así establecida, les podemos hablar de lo que nos hace llorar, sufrir, confiar y esperar. La Eucaristía se convierte en el espacio de un misterioso intercambio y de una profunda comunión de amor y de oración con aquellos que ya han vivido su pascua decisiva hacia el Padre. Estamos más allá de un simple recuerdo doloroso, vivimos dentro de una misteriosa presencia unos y otros, en el seno de una comunión establecida por el don del amor de Cristo y vivificado permanentemente por el espíritu.

Lo que se celebra en la Eucaristía no tiene precio. Vivimos totalmente en el orden de la gratuidad del amor, de la gracia de Dios que nos ofrece su Vida y su comunión de amor. Sin embargo, a partir de una tradición establecida desde el siglo XII, es costumbre hacer una ofrenda al presbítero que celebra la misa por la intención particular.

Es necesario comprender bien que no se trata de comprar una misa como si el misterio celebrado tuviera un valor comercial.

La antigua práctica de confiar una intención de misa por nuestros difuntos la tendríamos que fomentar mucho, aún. Es un gesto de afecto y de vinculación con aquellos que nos han dejado. Nos permite vivir su ausencia y mantiene nuestra esperanza. Nos hace comulgar con el misterio de amor en Cristo y nos vincula unos a otros.


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