Cuando Dios parece haberse ido


"Todo cristiano que busca la santidad en la vida experimenta la aridez en su alma. Para la mayoría es una experiencia desgarradora. Es una paradoja, pues el alma se confunde cuando se da cuenta de que, entre más trate, más lejos parece estar Jesús..."

Amanecer en la Montaña

¡Qué extraña es una vida espiritual que lleva a un alma al fuego sólo para hacerla sentir que se congela! Es, si nos dejamos guiar por las apariencias, una contradicción. En el mundo, entre más cercanos estemos a un amigo o un ser querido, nos sentimos más seguros y libres de peligros. Entre más profundo es el amor, mayor es el brillo que se siente en la presencia del amado y así es como crecemos en el amor de Dios. Él quiere que le amemos "en Espíritu y en Verdad" y este tipo de amor está más allá del amor humano -tan más allá como la diferencia entre el oscilar de un cerillo y el sol al medio día.

El amor humano en todo su esplendor debe ser elevado a un nivel todavía mayor. El aire al pie de una montaña es más fácil de respirar, aun cuando no es tan puro como el aire en la cima. Para respirar ese aire puro nuestros cuerpos tendrían que adaptarse a la atmósfera del pico de la montaña. La paz y quietud y la vista desde esas Alturas bien valen la pena el esfuerzo requerido y el dolor sufrido al trepar.

Encontraríamos, sin embargo, un fenómeno durante nuestra escalada: cierta clase de soledad. Mientras más subamos, menos compañía tendremos. Llega un momento en el que todas las cosas parecen quedar atrás y nos encontramos solos. Cuando finalmente llegamos a la cima, la soledad se ha ido porque vemos las cosas de manera diferente. Vemos a nuestros anteriores acompañantes y posesiones como lo que realmente son y sin ilusiones, decepciones o apegos. En este raro aire del Amor de Dios poseemos Sabiduría, que es la Palabra de Dios: Jesús. Vemos las cosas como Él las ve porque el aliento de Su Espíritu llena nuestras almas y las colma hasta hacerlas rebosar.

Para aquellos que viven bajo el rayo de sol en el valle, nuestra vida en la punta de la montaña es insensata y solitaria, pero eso pasa sólo porque no comparten la vista. A veces bajamos de la montaña y gozamos de la luz del sol, pero pronto debemos ascender de nuevo y llenar nuestras almas con el fresco aire de Su Amor.

Ésta es una imagen borrosa de la soledad del alma y el hermoso trabajo que logra. Hay momentos en la vida cuando Dios parece estar muy cerca. El sol de Su Amor ilumina brillantemente. Nuestro corazón está exultante y nuestro ser se pierde en la alegría de su Presencia. Sin embargo, en otros momentos Su Presencia se disipa como niebla matinal y nos encontramos temblando de frío. Incluso si todo el mundo nos amara y aplaudiera todo sería como si nada, pues el sol de nuestra vida -Dios- parece haberse ido y nuestra alma no puede ser consolada mas que por Él.

Erramos de un lugar a otro buscándolo, tratamos de orar, meditar en Su vida, imitarlo en Sus virtudes; pero nada parece aliviar el vacío en lo profundo de nuestro ser. Nuestra vida continúa y trabajamos, comemos, dormimos, reímos y lloramos... Nada de esto llena ese vacío interior.

Existe un ansia de Dios que no parece ser satisfecha por nada ni por nadie. Una oscuridad desciende y en ella no hayamos reposo ni nos renovamos. Es una oscuridad que nos mantiene aún más despiertos -incluso mirando- incluso anhelando el amanecer.

Es una sed que no puede ser saciada, ya que cada gota de "agua viva" nos hace desear más. Días, meses, incluso años pueden pasar en este estado de aridez. En ocasiones las dudas de la existencia misma de Dios están rondando el alma con su abrazo helado y la noche oscura cae sobre ella y la llena de nada.

Aunque nuestra pobre naturaleza humana se rebela ante este estado del alma, se da cuenta de que de algún modo se está llevando a cabo un gran trabajo. La silenciosa Mano de Dios se mueve, purificando las facultades de nuestra alma, desapegándonos de las posesiones, la gente y de nosotros mismos, elevándonos a varias alturas de oración e incrementando nuestra capacidad de amar.

Esta aridez es como un anestésico espiritual. Nubla nuestro espíritu mientras el Maestro Escultor le da forma a Su imagen. Sentimos que no estamos logrando nada. Es como si estuviésemos suspendidos, congelados entre el cielo y la tierra. No queremos nada de este mundo pero tampoco estamos listos para el aire puro de la Montaña de Dios. Esperamos, no siempre con paciencia, mientras avanzamos a través de caminos desconocidos, pensando a veces que estamos perdidos, pero siempre encontrando un nuevo camino por recorrer, una nueva cueva en la que escondernos, una tenue luz que seguir.

Dios le habla a nuestro espíritu pero estamos tan ocupados buscándolo que no escuchamos Su voz. Estamos desolados y eso empeora no sólo con nosotros sino con los demás. No tenemos la humildad suficiente para darnos cuenta de que no podemos hacer nada para transformarnos en personas muy activas, realizar mejores trabajos, leer libros y distraernos del vacío que llena nuestras almas.

Sin darnos cuenta, estamos alejándonos del fuego y entramos a la fría y oscura noche. Nuestros espíritus anhelan el calor de Su amor y hacemos todo lo que podemos para traer de vuelta algún consuelo del pasado. Nuestra memoria también sirve para recordar lo que solía ser hace mucho nuestra vida, convencidos de que, de alguna manera, estamos siendo castigados por alguna debilidad o fragilidad.

Esto no es para afirmar que la aridez no sea causada por la tibieza, porque con frecuencia lo es, sino para examinarnos y poder encontrar la causa de ésta. No podemos atormentar nuestro espíritu con escrúpulos y dudas.

Si nuestra situación de sequía nos causa dolor, incrementa nuestra sed de Dios, nos hace fuertes para la oración virtuosa y duradera, hace que cualquier otra cosa fuera de Dios sea desagradable para nosotros; entonces podemos asumir que la sequía que experimentamos viene de Dios. Él nos llama a una forma más elevada de oración y una unión más profunda con Él mismo.

Recemos por las almas que son tibias y que no extrañan Su presencia, no imitan Sus virtudes y el tiempo de oración, si es que rezan, la pasan distraídas de acuerdo a su propio gusto y conveniencia. Pidámosle a Dios la gracia de nuestra perseverancia para no alejarnos de Su amor ni de su misericordia

Madre Ángelica - Amanecer en la Montaña: El don de la aridez en la oración

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