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La Oración del Corazón


Los primeros cristianos tuvieron que sobreponerse a cualquier situación que tratara de hundir su alma y llevarlos a reaccionar vengativamente ante la ira y el odio. Debían nutrir y mantener en su interior una inacabable fuente de amor. Debían alimentar su alma con agua que diera vida.

Jesús había enviado a un Abogado para que habite en medio de sus almas y se les había prometido que nada interferiría con aquella unión. Por ello, cada momento de sus vidas era una ocasión para crecer en esa conformación con la imagen de Jesús.

La fe les dio algo en que creer y la esperanza una meta que alcanzar, pero para mantener ambas cosas vivas y activas, necesitaban amar. La fe aclaraba las dudas y la esperanza calmaba sus emociones, pero debían amar para darles la fuerza para perseverar. La fe les decía lo que creían y la esperanza les decía por qué, pero era el amor el que les decía en Quien creían. La fe les daba algo y la esperanza un lugar, pero el amor les daba a Alguien. En el camino de la vida, la Fe era la barca, la Esperanza el ancla y el Amor el timón.

Debían tener un amor siempre más fuerte para con Dios y los hermanos, y miraban a Jesús para que les dijera cómo hacerlo. Un día, Jesús les dijo a sus apóstoles: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y ambos vendremos y haremos de él nuestra morada” (Jn 14, 23)

El secreto estaba entonces en guardar su palabra y entonces la Trinidad habitaría en ellos. El Espíritu los hizo hijos de Dios en el Bautismo –habían sido marcados con un sello indeleble– un sello que nunca sería borrado en el tiempo o la eternidad. Como hijos de los hombres, debían crecer y madurar en una nueva vida que era alimentada por Dios mismo.

¿Era aquella Palabra algo que oyeron o Alguien que amaron? De algún modo sabían que aquellas palabras que cruzaban sus mentes y esos sentimientos en sus corazones eran inseparables. Se dieron cuenta al leer las Escrituras de que los Autores Inspirados muchas veces usaban las palabras “mente” y “corazón” indistintamente para referirse a lo mismo.

El mismo Jesús les había dicho: “Es del corazón del hombre de donde salen las malas intenciones… Nada de lo que entra en el hombre de afuera puede mancharlo, son las cosas que salen de dentro del hombre las que lo vuelven impuro. Todas las cosas malas salen de adentro y hacen a un hombre impuro” (Mc 7, 21.15.23)

Cuando hablamos del corazón, pensamos en el amor, y donde existe el amor, existe la posibilidad de que exista el odio. Lo que amemos u odiemos determina el curso de nuestras vidas y el grado en que amemos u odiemos determinará nuestro éxito o fracaso.

El corazón, símbolo del amor y hogar de nuestras emociones, sale a nuestro encuentro como un rayo luminoso en el mundo, señalando el poder de nuestra voluntad y la dirección que hemos elegido seguir.

No importa cuanto recordemos sus Palabras o cuan profundamente creamos en ellas, si estas palabras no tocan nuestro corazón y nos mueven a amar y darlo todo por Jesús, no significa nada. San Pablo comprendía esto cuando escribía a los corintios que aunque tuviera todo el conocimiento del mundo y diera todos sus bienes a los pobres, aunque entregara su cuerpo a las llamas y tuviera fe como para mover montañas, sin amor, era simplemente nada. (1Cor 13, 1-3)

Pablo no hablaba de un amor sentimental, ese amor entusiasta que se precipita como una intensa llamarada pero rápidamente se torna cenizas. No, él hablaba de un amor del corazón más profundo, una convicción interior, una consagración total, un móvil que prefiere la muerte a la deslealtad.

El corazón del cristiano era un corazón de carne, penetrado por el Espíritu del Señor, era un corazón consciente de ser un “hogar” en donde el Espíritu de Dios reinaba y amaba.

Madre Angélica (Oración Viva)


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