13 de julio de 2016

La oración mental


Los primeros cristianos aprendieron rápidamente que había muchas formas de comunicarse con Dios. Hubo momentos en que le hablaban de Su Belleza, o de sus necesidades, y lo hacían a través de la oración vocal.

También le hablaban en silencio, en sus pensamientos, y al hacerlo, se dieron cuenta de que Él también les respondía, por el pensamiento.
Muchas veces se vieron asustados mientras eran cazados como animales, y ese mismo temor se elevaba a Dios pidiendo ayuda. Era en estos momentos en que sentían como una vena de coraje hacía revivir sus espíritus, y las palabras de Jesús aparecían en sus mentes. Se preguntaban entonces porque estaban tan asustados y entendían que Dios les había hablado y que su Palabra sería confirmada con poder.

Hubo otras ocasiones en las que tuvieron que pelear contra el enemigo interior y comprendieron que necesitaban de disciplina mental para controlar las facultades espirituales que causaban tal turbación en sus almas.

Aquietarían sus mentes usando la memoria para recordar algún pasaje de la vida de Jesús. Este esfuerzo aplacaría aquella facultad ante cualquier resentimiento que pueda haber quedado. Para hacer que se afiance su recuerdo de Jesús, usarían su imaginación para representar dicha escena y de pronto era como si estuvieran ellos mismos ahí. Sentirían los mismos sentimientos de Su Corazón en aquella situación y empezarían a aplicarlos en sus propias vidas.

La Oración de Imitación de los primeros cristianos les dio el manejo necesario para traer a sus mentes y voluntades el deseo de ser como Jesús en todo. Para preparar sus corazones para esta transformación, leían y releían todo lo relacionado con Jesús y su persona.

Los cristianos tuvieron que fijar su mirada, su mente y su corazón en el Modelo Divino para perfeccionar su carácter y desplegar aquellas cualidades que habían sido enterradas por el pecado, la debilidad y la imperfección. Habían visto a otros hombres imperfectos como Pedro, Pablo, Santiago y Juan desarrollar cualidades que asombraron al mundo, parecía que habían nacido de nuevo, llenos de alegría, señores de sí mismos e inconmovibles ante las preocupaciones del mundo. Ellos habían comprendido que el fundamento de sus actos estaba en sus pensamientos y por ello empezaron a impregnar sus mentes de una concepción mental de Jesús que se entrelazaba en cada situación y que les daba unos parámetros y generaba un paralelo entre Él y ellos.

Porque lo amaban, este esfuerzo no era nunca una imposición o una carga. Era la consecuencia natural de un profundo amor, un amor que hacía de las partes involucradas, una sola persona.

Cuando escuchaban o leían que Jesús “sentía tristeza” por la muchedumbre, no se quedaban contentos pensando en la escena y contemplando su compasión, trataban de entrar en su espíritu y sentir lo mismo que Él.

¿No había derramado Él mismo su espíritu en nosotros por medio del Bautismo? ¿No los había llamado a seguirlo como fieles discípulos? Bueno, cooperarían con aquel Espíritu y actuarían de acuerdo a él. Su compasión por los pecadores sería la suya y desplegarían los dones que les fueron dados usándolos en toda ocasión para conformarse con Su imagen.

Sus mentes tenían que “pensar como Jesús”, sus corazones “sentir como Jesús” y sus voces deberían transmitir la Buena Nueva del mismo Jesús.

Cuando se veían tentados por la ira o a maldecir, inmediatamente pensarían en Jesús de pie, sereno y calmado ante sus enemigos. Su contemplación iba más allá del estado conceptual, su imaginación representaba a Jesús en perfecto señorío de sí, y sus corazones respondían actuando de la misma manera que Él.

Madre Angélica (Oración Viva)

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