10 de noviembre de 2016

Aquel que reza por sus enemigos, nunca conoce el rencor


Evagrio ha dicho: "Aquel que ha dominado su cólera ha triunfado sobre el demonio. Por el contrario, aquel que se someta al imperio de esta pasión, será totalmente ajeno a la vida monástica, etc." ¿Qué decir de nosotros, que aparte de la irritación y la cólera llegamos hasta el rencor? ¿Qué hacer sino deplorar este estado tan vergonzoso e indigno del hombre? Permanezcamos alerta, hermanos, ayudémonos a nosotros mismos para que, con Dios, podamos preservarnos de la amargura de esta funesta pasión.

Tal vez alguno de nosotros se disculpe con su hermano por la perturbación causada o la herida infligida, pero aun después de la disculpa persiste en su enojo y conserva malos pensamientos con respecto a ese hermano. No debe restarle importancia a esos pensamientos, sino que debe eliminarlos rápidamente. Ya que se trata del recuerdo de las injurias, y para evitar su peligro se deberá, como ya he dicho, vigilar estrechamente, siendo necesarios la disculpa y la lucha. Porque pidiendo simplemente disculpas por cumplir con el precepto, se ha curado la cólera momentánea, pero no se ha luchado contra el recuerdo de la injuria: todavía se guarda rencor contra el hermano. Pues una cosa es el recuerdo de la injuria otra la cóleras otra la irritación y otra la perturbación.

Les daré un ejemplo, hermanos, que les ayudar a comprender: el que enciende un fuego tiene al comienzo sólo un pequeño carbón. Este representaría la palabra del hermano que nos ofende. Fíjense, hermanos, no es más que un pequeño carbón, porque ¿qué es una simple palabra de nuestro hermano? Si puedes soportarla, apagas el carbón. Si por el contrario comienzas a pensar: ¿Por qué me habrá dicho eso? ¡Tengo que contestarle algo! o, ¡no me habría hablado de esa manera de no ser para ofenderme! ¡Pues que sepa que yo también puedo hacerle daño!". Como el que enciende un fuego, ustedes echan leña o cualquier cosa y hacen una fogata, se perturban. Esa perturbación no es sino un movimiento y flujo de pensamientos que excitan y exasperan el corazón. Y esa excitación, que también se llama ira, es la que incita a vengarse del que lo ofendió. Según el dicho de abba Marcos: "La malicia que se introduce en los pensamientos excita el corazón; pero disipada por la oración y la esperanza, ayuda a quebrantarlo".

Yo les digo que, soportando la palabra molesta de otro hermano, pueden apagar el pequeño carbón antes de que aparezca la perturbación. Pero incluso ese ánimo perturbado puede calmarse fácilmente, en cuanto nace, con el silencio, la oración, con sólo una satisfacción que provenga del corazón. Si por el contrario se continúa atizando el fuego, es decir, exaltando y excitando el corazón, pensando "¿Por qué me habrá dicho eso? ¡Yo también puedo decirle algo!", fluir y entrechocar de pensamientos, avivando y caldeando el corazón, producir la llama de la exasperación. Esta, según san Basilio, no es otra cosa que la ebullición de la sangre en torno al corazón. Es irritación, llamada también encono.

Si ustedes quieren, todavía la pueden apagar antes de que se transforme en cólera. Pero, hermanos, si continúan perturbándose y perturbando al otro, estarán haciendo lo que aquel que arroja trozos de leña al fogón para avivar el fuego: la leña se transformar en brasas y esto es la cólera.

Es lo mismo que decía abba Zósimo cuando le pidieron que explicara la sentencia: "Donde no hay irritación no hay combate". En efecto, si cuando comienza la perturbación, al aparecer el humo y las chispas, tomamos la delantera acusándonos a nosotros mismos y ofreciendo alguna satisfacción antes de que brote la llama de la irritación, permaneceremos en paz. Pero, si ya provocada la irritación, no nos calmamos y persistimos en la perturbación y en la excitación, nos asemejaremos a aquél que echa madera al fuego y aviva sus llamas, hasta conseguir unas buenas brasas. Y de la misma manera que las brasas transformadas en carbones y puestas al rescoldo pueden durar años sin inutilizarse, aunque se les vuelque agua encima, así la cólera prolongada se transforma en rencor y ya no es posible librarse de él si no es vertiendo sangre.

Les he mostrado, hermanos, la diferencia de esos cuatro estados. Compréndanlo bien. Ahora saben lo que es la perturbación inicial, lo que es la exasperación, lo que es la cólera y lo que es el rencor.

Fíjense, hermanos, cómo por una sola palabra se llega a semejante mal. Si desde el comienzo nos hubiéramos echado la culpa a nosotros mismos, hubiéramos soportado pacientemente la palabra del hermano, no buscando venganza ni respondiendo dos o cinco palabras por una sola devolviendo así mal por mal; habríamos podido escapar de todos esos males.

Por eso, hermanos, no cesaré de repetirles: arranquen sus pasiones cuando son incipientes, antes de que se fortifiquen y los hagan sufrir. Porque una cosa es arrancar una planta tierna y otra sacar de raíz un árbol grande.

Nada me llama tanto la atención como la ignorancia que tenemos de lo que cantamos. Cada día en la salmodia nos cargamos de maldiciones sin percibirlo. ¿No debemos conocer acaso aquello que salmodiamos? Así, todos los días decimos: Si he hecho mal a los que me lo hicieron, que caiga muerto ante mis enemigos (Sal 7, 5). ¿Qué significa: que yo caiga? Mientras estamos de pie tenemos fuerza para oponernos a nuestros enemigos: damos golpes y los recibimos, nos lanzamos sobre el otro y se lanzan sobre nosotros, pero siempre estamos de pie. En cambio, si caemos, ¿cómo podremos, estando en tierra, luchar todavía contra el adversario? Pero nosotros estamos pidiendo no sólo caer ante nuestros enemigos, sino caer muertos. Y ¿qué es caer muertos ante el enemigo? Ya hemos dicho que caer es no tener más fuerza para resistir y estar tendido por tierra. Caer muerto es no tener el más mínimo poder de levantarse. Porque el que se levanta puede reponerse y volver al combate.

Decimos también: Que el enemigo persiga y atrape mi alma (Sal 7, 6); no sólo que la persiga, sino también que la atrape, es decir, que caigamos en sus manos, que le estemos sometidos en todo y que nos derribe cuando quiera, si es que devolvemos el mal a quien nos lo ha hecho.

Sin detenernos en esto, agregamos a continuación: Que pisotee por tierra nuestra vida {Sal 7, 6). ¿Qué significa nuestra vida? Son nuestras virtudes, y al pedir que sea echada por tierra y pisoteada, estamos pidiendo hacernos totalmente terrenos y tener nuestra mente fija en la tierra.

Y reduzca mi gloria a basura (Sal 7, 6). ¿Qué es nuestra gloria sino el conocimiento que nace en el alma por la observancia de los santos mandamientos? Nosotros estamos pidiendo entonces que de nuestra gloria, el enemigo haga nuestra vergüenza, como dice el Apóstol (Flp 3, 19), que la reduzca a basura, que convierta en terrenas nuestra vida y nuestra gloria, de tal manera que no pensemos más según Dios, sino según el cuerpo y la carne, como aquellos de quienes dice Dios: Mi espíritu no permanecer en esos hombres, porque son carne (Gn 6,3).

Así son todas las maldiciones que nos echamos encima al salmodiar, si es que devolvemos mal por mal. Y ¿qué mal no devolvemos? Pero eso nos importa poco, no nos preocupa.

Podemos devolver mal por mal no sólo con actos, sino también con una palabra o una actitud. A nosotros nos parece que no devolvemos el mal con un acto si lo hacemos con una palabra o una actitud. Sin embargo, con una sola actitud, un gesto o una mirada, podemos perturbar a nuestro hermano. Porque podemos muy bien lastimarlo con un gesto o una mirada y eso es también devolver mal por mal. Alguno de nosotros cuida de no devolver el mal por medio de un acto, o una palabra, de actitudes o gestos, pero en su corazón guarda tristeza con respecto a su hermano y siente enojo contra él.

Fíjense, hermanos, en la diversidad de tales estados. Alguno no siente tristeza con respecto a su hermano pero si llega a enterarse de que alguien le ha hecho daño, ha murmurado contra él o lo ha injuriado, se regocija al saberlo, y de esta manera él también devuelve mal por mal en su corazón. Otro quizá no guarda enemistad ni se regocija al oír injuriar a aquel que le ha hecho daño e incluso puede hasta afligirse si sabe que está apenado, pero no le agrada ver a ese hermano contento, y se entristece al verlo honrado y en paz. Esta es otra forma de rencor, aunque más sutil.

Debemos alegrarnos del bien del hermano y debemos hacer todo lo posible por sentirlo, honrarlo y contentarlo en toda circunstancia.

Decíamos al comienzo de este encuentro que un hermano puede guardar tristeza hacia otro, incluso después de haber dado una satisfacción, y decíamos que si por la satisfacción había curado la cólera, todavía no había combatido el rencor.

Fíjense en este otro hermano que, al recibir una ofensa de otro, hace la paz con él, le da satisfacción, tiene palabras de reconciliación y no guarda en su corazón ningún resentimiento contra el autor de la ofensa. Pero si ese hermano vuelve a decirle cualquier cosa desagradable, trae nuevamente a la memoria lo pasado, y se perturba por lo anterior y lo reciente a la vez.

Se asemeja así a un hermano que tiene una herida y se pone un vendaje; gracias al vendaje la herida se cura y cicatriza, pero alrededor suyo queda muy sensible: se lastima más fácilmente que el resto del cuerpo, y si recibe una pedrada comienza enseguida a sangrar. Tal es el estado del hermano del que hablamos: tenia una herida y le puso un vendaje, la satisfacción. Como aquel del que hablamos en primer lugar, ha curado la herida, es decir la cólera. Incluso ha comenzado a preocuparse del rencor, cuidándose de no guardar en su corazón ningún resentimiento, lo que es la cicatrización de la llaga. Pero todavía no ha borrado completamente sus rastros; todavía guarda algo de rencor, es decir, la cicatriz, por la cual la herida se vuelve a abrir rápidamente al menor golpe. Debe esforzarse entonces por hacer desaparecer incluso esa cicatriz de tal manera que vuelva el vello, que no quede ninguna deformidad y que nadie pueda darse cuenta de que allí hubo una herida.

¿Cómo lograr esto? Orando de todo corazón por aquel que le ha hecho mal, diciendo: "¡Oh Dios, auxílianos a mi hermano y a mi por sus oraciones!" De este modo, por un lado reza por su hermano, lo cual es un testimonio de compasión y caridad, y por el otro, se humilla pidiendo su seguridad por las oraciones de ese hermano. De esta manera, allí donde se encuentran la compasión, la caridad y la humildad, ¿cómo puede triunfar la cólera, el rencor o cualquier otra pasión? Es lo que decía abba Zósimo: "Aunque el diablo y todos los demonios pongan en acción todas sus maquinaciones perversas, todos sus artificios resultan inútiles y son aniquilados por la humildad del mandamiento de Cristo". Y otro Anciano: "Aquel que reza por sus enemigos, nunca conoce el rencor".

Pongan pues en práctica, hermanos, y comprendan bien las enseñanzas que reciben, porque si no las ponen en práctica, las palabras solas no podrán hacer que las comprendan. ¿Cuál es el hombre que queriendo aprender un arte, sólo se contenta con que le hablen? Más bien comenzar primero por hacer, deshacer, rehacer, demoler y así por un trabajo perseverante, aprender poco a poco su arte con ayuda de Dios que ve su buena voluntad y sus esfuerzos.

¡Pero nosotros queremos adquirir el arte de las artes por las palabras, sin ponerlas en acción! ¿Cómo puede ser posible? Vigilémonos a nosotros mismos, hermanos, y trabajemos con celo mientras podamos. ¡Que Dios nos haga recordar y guardar las palabras oídas, a fin de que en el día del juicio no sean ellas motivo nuestra condenación!

San Doroteo de Gaza. (Conferencias sobre el rencor)


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