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Todo empezó con un ángel y una muchacha

La narración de Lucas 

Todo empezó con un ángel y una muchacha. El ángel se llamaba Gabriel. La muchacha María.  Y los dos estaban desconcertados.

Ella porque no acababa de entender lo que estaba ocurriendo. El, porque entendía muy bien que con sus palabras estaba empujando el quicio de la historia y que allí, entre ellos, estaba ocurriendo algo que él mismo apenas se atrevía a soñar.

La escena ocurría en Nazaret, ciento cincuenta kilómetros al norte de Jerusalén. Nazaret es hoy una hermosa ciudad de 30.000 habitantes. Recuerdo aún sus casas blancas, tendidas al sol sobre la falda de la montaña, alternadas con las lanzas de cientos de cipreses y rodeada por verdes campos cubiertos de olivos e higueras.

Nazaret: Mala fama

Hace dos mil años los campos eran más secos y la hermosa ciudad de hoy no existía. Se diría que Dios hubiera elegido un pobre telón de fondo para la gran escena. Nazaret era sólo un poblacho escondido en la hondonada, sin más salida que la que, por una estrecha garganta, conduce a la bella planicie de Esdrelón. Un poblacho del que nada sabríamos si en él no se hubieran encontrado este ángel y esta muchacha. El antiguo testamento ni siquiera menciona su nombre. Tampoco aparece en Flavio Josefo, ni en el Talmud. ¿Qué habría que decir de aquellas cincuenta casas agrupadas en torno a una fuente y cuya única razón de existir era la de servir de descanso y alimento a las caravanas que cruzaban hacia el norte y buscaban agua para sus cabalgaduras. ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1, 46), preguntará un personaje evangélico cuando alguien pronuncie, años después, ese nombre.

Las riñas y trifulcas -tan frecuentes en los pozos donde se juntan caravanas y extraños- era lo único que la fama unía al nombre de Nazaret. Y no tenían mejor fama las mujeres del pueblo: A quien Dios castiga -rezaba un adagio de la época- le da por mujer una nazaretana. Y una nazaretana era la que, temblorosa, se encontrará hoy con un ángel resplandeciente de blanco. La tradición oriental coloca la escena en la fuente del pueblo; en aquella -que aún hoy se llama «de la Virgen»- a la que iban todas las mujeres de la aldea, llevando sobre la cabeza -tumbado a la ida, enhiesto al regreso- un cántaro de arcilla negra con reflejos azules. En aquel camino se habría encontrado María con el apuesto muchacho -los pintores orientales aún lo pintan así- que le dirigiría las más bellas palabras que se han dicho jamás.

Pero el texto evangélico nos dice que el ángel "entró» a donde estaba ella. Podemos, pues, pensar que fue en la casa, si es que se podían llamar «casas» aquellas covachas semitroglodíticas.

A los poetas y pintores no les gusta este decorado. Desde la galería esbelta -dirá Juan Ramón Jiménez- se veía el jardín. Leonardo situará la escena en un bello jardín florentino, tierno de cipreses. Fray Angélico elegirá un pórtico junto a un trozo de jardín directamente robado del paraíso. Pero ni galería, ni jardín, ni pórtico. Dios no es tan exquisito... La «casa» de María debía ser tal y como hoy nos muestran las excavaciones arqueológicas: medio gruta, medio casa, habitación compartida probablemente con el establo de las bestias; sin más decoración que las paredes desnudas de la piedra y el adobe; sin otro mobiliario que las esterillas que cubrían el suelo de tierra batida; sin reclinatorios, porque no se conocían; sin sillas, porque sólo los ricos las poseían. Sin otra riqueza que las manos blancas de la muchacha, sin otra luz que el fulgor de los vestidos angélicos, relampagueantes en la oscuridad de la casa sin ventanas. No hubo otra luz. No se cubrió la tierra de luz alborozada (como escribe poéticamente Rosales, con ese afán, tan humano, de «ayudar» a Dios a hacer «bien» las cosas). No florecieron de repente los lirios ni las campanillas. Sólo fue eso: un ángel y una muchacha que se encontraron en este desconocido suburbio del mundo, en la limpia pobreza de un Dios que sabe que el prodigio no necesita decorados ni focos.

El ángel se llamaba Gabriel

Lo más sorprendente de la venida del ángel es que María no se sorprendiera al verle. Se turbó de sus palabras, no de su presencia. Reconoció, incluso, que era un ángel, a pesar de su apariencia humana y aunque él no dio la menor explicación. 

Su mundo no era el nuestro. El hombre de hoy tan inundado de televisores, de coches y frigoríficos mal puede entender la presencia de un ángel. Eso -piensa- está bien para los libros de estampas de los niños, no para la realidad nuestra de cada día.

El universo religioso de María era distinto. Un ángel no era para ella una fábula, sino algo misterioso, sí, pero posible. Algo que podía resultar tan cotidiano como un jarrón y tan verosímil como una flor brotando en un jardín. El antiguo testamento -el alimento de su alma- está lleno de ángeles. La existencia de ángeles y arcángeles -dirá san Gregorio Magno- la testifican casi todas las páginas de la sagrada Escritura. A María pudo asombrarle el que se le apareciera a ella, no el que se apareciera. Las páginas que oía leer los sábados en la sinagoga hablaban de los ángeles sin redoble de tambores, con «normalidad». Y con normalidad le recibió María.

En su apariencia era posiblemente sólo un bello muchacho. En el nuevo testamento nunca se pinta a los ángeles con alas. Se les describe vestidos de túnicas «blancas», «resplandecientes», «brillantes». El ángel que encontraremos al lado del sepulcro tenía el aspecto como el relámpago y sus vestiduras blancas como la nieve (Lc 24, 4). Así vería María a Gabriel, con una mezcla de júbilo y temblor, mensajero de salvación a la vez que deslumbrante y terrible.

Se llamaba Gabriel, dice el texto de Lucas. Sólo dos ángeles toman nombre en el nuevo testamento y en los dos casos sus nombres son más descripciones de su misión que simples apelativos: Miguel será resumen de la pregunta «¿Quién como Dios?»; Gabriel es el «fuerte de Dios» o el «Dios se ha mostrado fuerte». La débil pequeñez de la muchacha y la fortaleza de todo un Dios se encontraban así, como los dos polos de la más alta tensión.

Y el ángel («ángel» significa «mensajero») cumplió su misión, realizándose en palabras: ¡Alégrate, llena de gracia! ¡El Señor está contigo! (Lc 1, 26). Si la presencia luminosa del ángel había llenado la pequeña habitación, aquella bienvenida pareció llenarla mucho más. Nunca un ser humano había sido saludado con palabras tan altas. Parecidas sí, iguales no.

Por eso «se turbó» la muchacha. No se había estremecido al ver al ángel, pero sí al oírle decir aquellas cosas. Y no era temblor de los sentidos. Era algo más profundo: vértigo. El evangelista puntualiza que la muchacha consideraba qué podía significar aquel saludo (Lc/01/29). Reflexionaba, es decir: su cabeza no se había quedado en blanco, como cuando nos sacude algo terrible. Daba vueltas en su mente a las palabras del ángel.

Estaba, por tanto, serena. Sólo que en aquel momento se le abría ante los ojos un paisaje tan enorme que casi no se atrevía a mirarlo.

En la vida de todos los hombres -se ha escrito- hay un secreto. La mayoría muere sin llegar a descubrirlo. Los más mueren, incluso, sin llegar a sospechar que ese secreto exista. María conocía muy bien que dentro de ella había uno enorme. Y ahora el ángel parecía querer dar la clave con que comprenderlo. Y la traía de repente, como un relámpago que en una décima de segundo ilumina la noche. La mayoría de los que logran descubrir su secreto lo hacen lentamente, excavando en sus almas. A María se le encendía de repente, como una antorcha. Y todos sus años -tantas horas de sospechar una llamada que no sabia para qué- se le pusieron en pie, como convocados. Y lo que el ángel parecía anunciar era mucho más ancho de lo que jamás se hubiera atrevido a imaginar. Por eso se turbó, aunque aún no comprendía.

Luego el ángel siguió como un consuelo: No temas. Dijo estas palabras como quien pone la venda en una herida, pero sabiendo muy bien que la turbación de la niña era justificada. Por eso prosiguió con el mensaje terrible a la vez que jubiloso: Has hallado gracia delante de Dios. Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin (Lc 1, 30-33).

Un silencio interminable

¿Cuánto duró el silencio que siguió a estas palabras? Tal vez décimas de segundo, tal vez siglos. La hora era tan alta que quizá en ella no regía el tiempo, sino la eternidad. Ciertamente para María aquel momento fue inacabable. Sintió que toda su vida se concentraba y se organizaba como un rompecabezas. Empezaba a entender por qué aquel doble deseo suyo de ser virgen y fecunda; vislumbraba por qué había esperado tanto y por qué tenía tanto miedo a su esperanza. 

Empezaba a entenderlo, sólo «empezaba». Porque aquel secreto suyo, al iluminarlo el ángel se abría sobre otro secreto y éste, a su vez, sobre otro más profundo: como en una galería de espejos. Terminaría de entenderlo el día de la resurrección, pero lo que ahora vislumbraba era ya tan enorme que la llenaba, al mismo tiempo, de alegría y de temor. 

La llenaba, sobre todo, de preguntas. Algo estaba claro, sin embargo: el ángel hablaba de un niño. De un niño que debía ser concebido por ella. «¿Por... ella?» Su virginidad subió a la punta de su lengua. No porque fuera una solterona puritana aterrada ante la idea de la maternidad. Al contrario: ser fecunda en Dios era la parte mejor de su alma. Pero el camino para esa fecundidad era demasiado misterioso para ella y sabia que aquel proyecto suyo de virginidad era lo mejor, casi lo único, que ella habla puesto en las manos de Dios, como prueba de la plenitud de su amor. Era esa plenitud lo que parecía estar en juego. No dudaba de la palabra del ángel, era, simplemente, que no entendía. Si le pedían otra forma de amor, la darla; pero no quería amar a ciegas.

Por eso preguntó, sin temblores, pero conmovida: ¿Cómo será eso, pues yo no conozco varón? La pregunta era, a la vez, tímida y decidida. Incluía ya la aceptación de lo que el ángel anunciaba, pero pedía un poco más de claridad sobre algo que, para ella, era muy importante.

Y el ángel aclaró: El Espíritu santo velará sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo Santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios.

María habla pedido una aclaración; el ángel aportaba dos, no sólo respecto al modo en que se realizaría aquel parto, sino también y, sobre todo, respecto a Quién seria el que iba a nacer de modo tan extraordinario. ¿Quizá el ángel aportaba dos respuestas porque comprendía que María había querido hacer dos preguntas y formulado sólo la menos vertiginosa?

Porque en verdad María había empezado a entender: lo importante no era que en aquel momento se aclarase el misterio de su vida; lo capital es que se aclaraba con un nuevo misterio infinitamente más grande que su pequeña vida: en sus entrañas iba a nacer el Esperado y, además, el Esperado era mucho más de lo que nunca ella y su pueblo se habían atrevido a esperar. Que la venida que el ángel anunciaba era la del Mesías no era muy difícil de entender.

El ángel había dado muchos datos: el Hijo del Altísimo, el que ocuparía el trono de su padre David, el que reinaría eternamente. Todas estas frases eran familiares para la muchacha. Las había oído y meditado miles de veces. Al oírlas vino, sin duda, a su mente aquel pasaje de Isaías que los galileos conocían mejor que nadie porque en él se hablaba expresamente de su despreciada comarca.

Cubrirá Dios de gloria el camino junto al mar, la región del otro lado del Jordán y la Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba entre tinieblas ve una gran luz.. Porque nos ha nacido un niño y se nos ha dado un hijo; sobre sus hombros descansa el señorío, su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz. Su dominio alcanzará lejos y la paz no tendrá fin. Se sentará en el trono de David y reinará en su reino, a fin de afianzarlo y consolidarlo desde ahora hasta el fin de los siglos (Is 9, 1-6).

Si, era de este niño de quien hablaba el ángel. E iba a nacer de sus entrañas. Y su fruto seria llamado Hijo de Dios. ¿Cómo no sentir vértigo?

La hora de la hoguera

Ahora era el ángel quien esperaba en un nuevo segundo interminable. No era fácil aceptar, ciertamente. El problema de cómo se realizaría el nacimiento había quedado desbordado por aquellas terribles palabras que anunciaban qué seria aquel niño.

Tampoco María ahora comprendía. Aceptaba, si, aceptaba ya antes de responder, pero lo que el ángel decía no podía terminar de entrar en su pequeña cabeza de criatura. Algo sí, estaba ya claro: Dios estaba multiplicando su alma y pidiéndole que se la dejara multiplicar. 

No era acercarse a la zarza ardiendo de Dios, era llevar la llamarada dentro. Esto lo entendió muy bien: sus sueños de muchacha habían terminado. Aquel río tranquilo en que veía reflejada su vida se convertía, de repente, en un torrente de espumas... y de sangre. Sí, de sangre también. Ella lo sabia. No se puede entrar en la hoguera sin ser carbonizado. Su pequeña vida había dejado de pertenecerle. Ahora sería arrastrada por la catarata de Dios. El ángel apenas decía la mitad de la verdad: hablaba del reinado de aquel niño. Pero ella sabía que ese reinado no se realizaría sin sangre. Volvía a recordar las palabras del profeta: Yo soy un gusano, ya no soy un hombre; han taladrado mis manos y mis pies; traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados será conducido como oveja al matadero... (Is 53). Todo esto lo sabia. Sí, era ese espanto lo que pedía el ángel. Que fuera, sí, madre del «hijo del Altísimo», pero también del «varón de dolores».

Temblaba. ¿Cómo no iba a temblar? Cuando una adolescente da a luz decimos: «Se ha hecho mujer». Así ella, en aquella décima de segundo.

Y el ángel esperaba, temblando también. No porque dudase, sino porque entendía. Un poeta -P.M. Casaldáliga- lo ha contado así: 

Como si Dios tuviera que esperar un permiso...
Tu palabra seria la segunda palabra
y ella recrearla el mundo estropeado
como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente.

De eso, sí, se trataba: del destino del mundo, pendiente, como de un hilo, de unos labios de mujer. Y en el mundo no sonaron campanas cuando ella abrió los labios. Pero, sin que nadie se enterara, el «juguete muerto» comenzó a latir. Porque la muchacha-mujer dijo: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra. Dijo «esclava» porque sabia que desde aquel momento dejaba de pertenecerse. Dijo «hágase» porque «aquello» que ocurrió en su seno sólo podía entenderse como una nueva creación.

No sabemos cómo se fue el ángel. No sabemos cómo quedó la muchacha. Sólo sabemos que el mundo había cambiado. Fuera, no se abrieron las flores. Fuera, quienes labraban la tierra siguieron trabajando sin que siquiera un olor les anunciase que algo había ocurrido. Si en Roma el emperador hubiera consultado a su espejito mágico sobre si seguía siendo el hombre más importante del mundo, nada le habría hecho sospechar que en la otra punta del mundo la historia había girado. Sólo Dios, la muchacha y un ángel lo sabían. Dios había empezado la prodigiosa aventura de ser hombre en el seno de una mujer.

A la altura del corazón

¿Fue todo así? ¿O sucedió todo en el interior de María? ¿Vio realmente a un ángel o la llamada de Dios se produjo más misteriosamente aún, como siempre que habla desde el interior de las conciencias? No lo sabremos nunca. Pero lo que sabemos es bastante: que Dios eligió a esta muchacha para la tarea más alta que pudiera soñar un ser humano; que no impuso su decisión, porque él no impone nunca; que ella asumió esa llamada desde una fe oscura y luminosa; que ella aceptó con aquel corazón que tanto había esperado sin saber aún qué; que el mismo Dios -sin obra de varón- hizo nacer en ella la semilla del que seria Hijo de Dios viviente. ¿Qué importan, pues, los detalles? ¿Qué podría aportar un ángel más o menos? Tal vez todo ocurrió a la altura del corazón. No hay altura mas vertiginosa.

P. José Luis Martín Descalzo. Vida y misterio de Jesús de Nazaret 
Imágen: Henry Ossawa Tanner - La Anunciación (1898)

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