2 de abril de 2016

El espíritu santo es fuente de unidad


P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

1. Dios es comunidad. En el A. T., Dios se manifiesta por medio de su Palabra (Sabiduría) y de su Espíritu. Con ellos crea, se revela, actúa en la historia de la salvación, suscita Jueces, Reyes, Profetas... Jesús nos ha revelado el misterio de la Santísima Trinidad. El Padre, la Palabra y el Espíritu forman la comunidad original. Dios, desde siempre, es donación y acogida. El Espíritu Santo es el «vinculum caritatis», la posibilidad de diferenciación y de relación entre el Padre y el Hijo. «Sólo se vencerán las odiosas divisiones de este mundo contemplando la Unidad de la Trinidad» (S. Sergio).

2. El hombre es comunidad. Hemos sido creados a imagen de Dios y reflejamos en nuestro ser su misma estructura comunitaria. Somos capacidad de amor (acogido y donado) en libertad. Ningún ser humano puede darse la vida a sí mismo ni se basta a sí mismo. El hombre desarrolla sus capacidades, llega a ser verdaderamente hombre en comunidad. Empezando por los niños. «Poned atención / un corazón solo / no es un corazón» (A. Machado).

3. La iglesia es comunidad. Jesucristo buscó un grupo de hombres y mujeres con los que compartir su fe, a los que educar en el camino del Reino, a los que enviar a predicar. El Espíritu Santo hace de todos los cristianos un único cuerpo y el mismo Espíritu suscita multitud de carismas personales para la construcción de la Iglesia (no olvidemos que Iglesia significa asamblea, comunidad). El Espíritu hace que la salvación que Cristo actuó para todos de una vez para siempre, se haga presente en la vida concreta de cada creyente por medio de la comunidad (nadie puede bautizarse ni perdonarse a sí mismo; ningún carisma es autosuficiente...).

Desde siempre hemos sido elegidos para formar parte del cuerpo de Cristo, para estar unidos a él. Un día, la comunidad que formamos en la tierra será una comunidad eterna junto a él, porque le pertenecemos, hemos sido creados para eso. En Cristo, los demás cristianos son hermanos en el Señor. Él establece una relación que va más allá de la carne y de la sangre (¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?...). Mi prójimo es mi hermano gracias a lo que Cristo hizo por él. Yo soy hermano de mi prójimo gracias a lo que Cristo hizo por mí.

Los hombres estamos divididos por el pecado, pero Cristo es nuestra paz (Ef 2, 14). Él nos ha enseñado quién es Dios y es el camino que nos lleva a él, el puente, el mediador. Él nos ha enseñado lo que es el hombre y su vocación a la vida en fraternidad y él hace posible el amor mutuo. Él nos une con Dios y con los hermanos. Dios es mi Padre porque Cristo me ha hecho su hermano. El otro es mi hermano porque Cristo lo ha unido a sí y nos encontramos en él. «Yo os daré el Espíritu de la verdad... Aquel día sabréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14, 16. 20).

Comunidad cristiana significa comunidad en Jesucristo y por Jesucristo. Jesucristo fundamenta la necesidad que los creyentes tienen unos de otros y Jesucristo hace posible la comunión. Necesitamos de otros hermanos que nos anuncien la palabra de la salvación, que sirvan de mediación para el encuentro con Cristo.

4. La vida religiosa es comunitaria. La vocación a la vida religiosa es eminentemente comunitaria. Estamos llamados a reflejar la vida del hogar de Nazaret, la de los discípulos/as reunidos con el Señor; a ser un anticipo (imperfecto y parcial, por supuesto) de los cielos nuevos y la tierra nueva, donde Dios lo será todo en todos. Somos promesa de vida eterna. El Señor ha suscitado numerosos carismas en la Iglesia por medio de su Espíritu: predicación, gobierno, sabiduría, misión... Un importantísimo foco carismático en la Iglesia es el de las familias religiosas; cada una subraya un aspecto de la vida de Cristo y de su Iglesia (atención a los más necesitados, enseñanza de los niños, adoración del Padre...), pero todas tienen en común la dimensión comunitaria de su consagración (no sólo de su actividad).

5. La comunidad religiosa es un don. Muchas veces deseamos una comunidad distinta de la que tenemos, más perfecta, más ideal. Aquí está el error: en que queremos una comunidad según nuestras ideas e ilusiones; pero, en primer lugar, la comunidad religiosa no es un ideal humano, sino una realidad dada por Dios. Lo importante no son nuestros sueños, por muy honestos, serios y sinceros que sean, sino la realidad que Dios nos regala en Cristo.

Mi comunidad es YA una realidad que se me ofrece, antes de mi intervención. En ella recibo los sacramentos y se proclama la Palabra de Dios, en ella comparto la bendición de la gracia con otros hermanos pecadores, pero llamados por Dios al igual que yo mismo.

En primer lugar, he de ser agradecido a Dios por mi comunidad. Dios da lo mucho a quien sabe agradecer y valorar lo poco que recibe cada día. Nuestra comunidad es ya un don. También con su pobreza. Con la comunidad sucede lo mismo que con nuestra santificación. Es algo que necesitamos, que deseamos, pero que no merecemos. Es un puro regalo. Dios nos perdona y salva gratuitamente. Dios nos regala gratuitamente una comunidad. La fraternidad cristiana no es -en primer lugar- un ideal a realizar, sino una realidad creada por Dios en Cristo, de la que él nos permite participar. (Como la Iglesia es ya una. Podemos crecer en la unidad, pero no inventarnos las formas de convertirla en una nosotros. Tema importantísimo en el campo del ecumenismo).

6. El espíritu santo es fuente de unidad y de diversidad. San Pablo insiste en presentarnos la variedad de los carismas en la Iglesia como don del espíritu: él es el que siembra en nuestros corazones unas capacidades para realizar la misión que nos pide y él nos da la fortaleza y sabiduría necesarias para desarrollarlas. La imagen del cuerpo le sirve para subrayar la interdependencia entre todos los carismas: el pie no es ojo ni el estómago es boca, pero ninguno se basta a sí mismo y todos forman parte de un organismo mayor. Al ser el único Espíritu el que hace de nosotros miembros distintos, capacitando a cada uno para realizar uno o varios servicios concretos en favor de la comunidad, hace también de nosotros un único cuerpo. Él mismo nos hace comprender que nadie puede considerarse superior a los demás por los dones que ha recibido, ya que todos provienen del mismo origen (el Espíritu) y tienen el mismo destino (construir el cuerpo de Cristo). Al respecto, se puede ver 1 Cor, 12-14.

7. Comunidad psíquica - Comunidad espiritual. La comunidad, la fraternidad religiosa no es una realidad de orden psíquico: expresión de nuestros deseos, fuerzas, posibilidades naturales...; sino espiritual: basada en el don del Espíritu Santo que nos permite llamar «Abba» a Dios y reconocer a Jesús como Señor. La realidad psíquica se construye sobre nuestras ilusiones, pasiones, deseos y necesidades. La realidad espiritual, sobre la palabra de Dios.

En la comunidad psíquica, humana, nos mueven unos intereses (comunidad de vecinos, club de fútbol, el mismo matrimonio): nosotros nos escogemos para ayudarnos. En la comunidad espiritual nos mueve la llamada de Dios: él nos escoge para salvarnos. En la primera, se buscan unos objetivos y se realizan unos proyectos, se desarrollan todos nuestros talentos para realizar aquello que vemos como conveniente (la imposición es legítima). Si no podemos llevarlo a cabo nos sentimos hundidos (inútiles, fracasados) o agresivos (culpando a los otros, despreciándolos). En la segunda se busca cumplir la voluntad de Dios y se sabe ceder, tener paciencia, acoger, perdonar, ofrecer las propias ideas y aceptar que no sean tenidas en cuenta... porque lo importante no es que se realicen mis planes, sino que se realice la voluntad de Dios. El amor psíquico ama en el otro lo que nos gusta, sus valores, su belleza, lo que nos identifica..., en el espiritual se ama al otro por Cristo, aunque no se lo merezca, aunque no me atraiga, aunque me repugne, aunque sea su enemigo. La primera es deseo, la segunda es caridad, servicio desinteresado.

En la comunidad espiritual descubro que el cimiento no es mi amistad, mis gustos... sino Cristo. Sólo él puede salvar a mi hermano y a mí. Sólo él puede perdonarle a él y a mí. Debo renunciar a mis intentos apasionados de manipular, forzar o dominar a mi prójimo. Los otros quieren ser amados tal como son, tal como Cristo los ama. Por ellos vino Cristo al mundo, murió y resucitó. Éste es su principal valor para mí. El amor psíquico crea su propia imagen del prójimo, de lo que es y de lo que debe ser, quiere manipular su vida. El amor espiritual parte de Cristo y descubre su imagen en cada hombre, deseando su salvación, su felicidad... por Cristo, no por mí.

Lo que nos une no son las ideas, gustos, trabajos... sino la fe en Cristo, en su llamada, en su perdón, en el misterio de su presencia entre nosotros. Él es nuestra paz y nuestra unidad.

P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d

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