Que a nadie le falte el pan

Señor Jesús, todos los hombres buscamos el pan y la paz. ¡Cómo nos alegra oír de tus labios esta palabra íntima! Saber que tú eres el pan de vida, pan amasado con el fruto de la tierra, pan ganado con sudor, pan que da fuerza para andar el camino, pan para el pobre y el peregrino.
Eso eres tú: pan vivo. Que el pan que compartimos nos una a todos en el cuerpo de Cristo. Renueva, Señor, en este día el corazón de nuestra sociedad, para que el pan de la abundancia sea compartido con los pobres.
Haz que a nadie le falte el pan: el pan de tu palabra y de tu espíritu, el pan de un jornal suficiente, el pan de la libertad, el pan de la amistad y del amor fraterno. Acuérdate, Señor, de los miembros más débiles de tu cuerpo. Y que nosotros no los olvidemos nunca.

¿Quién es ese Dios, tan inseguro, que necesita que lo alaben y lo amen?

Por Manuel Rodriguez Diaz.

“Nosotros amemos, porque él nos amó primero”, nos dice San Juan (1 Jn 4, 19) y es que sin el amor de Dios nada somos y en su amor todo lo podemos ser.

Muchos han preguntado, desafiantes: ¿Quién es ese Dios, tan inseguro, que necesita que lo alaben y lo amen? – Dios no necesita de mi amor  porque mi amor no es mío, es suyo. Dios no necesita que lo alabe; yo necesito alabarlo

“Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”, continua la primera carta de San Juan. (1 Jn 4, 20)

Palabras de Verdad, incómodas y difíciles de aceptar interiormente. Si digo que amo a Dios y odio a mi hermano, miento. Si digo que le sirvo a Dios y no le sirvo a mi prójimo, miento. Si digo: yo voy a la Iglesia para servirle al Señor y no la comunidad ni mucho menos al cura, entonces MIENTO con mayúsculas y con soberbia desbordante. Pero, ¿a quién le estoy mintiendo?  ¿A ese Dios al que digo amar, o a ese Yo que miro en el espejo todos los días? Me atrevo a parafrasear: si no le sirvo a mi hermano, a quien veo, no estoy sirviéndole a Dios a quien no veo.

“Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano”  (1 Jn 4, 21) 

¿Así? o más claro. Seguir este mandamiento, haciéndolo vida en nuestra vida, puede parecer un enorme sacrifico, sin embargo, con lúcida sencillez, el Santo Padre Emérito Benedicto XVI, en su Carta encíclica Deus Caritas Est, nos dejó una fórmula breve, para amar a Dios en nuestro prójimo, en nuestros hermanos: "Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar".

Que por la intercesión de María, madre nuestra, la palabra de Dios siga resonando en nuestro corazón.



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