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Le voy a hacer un par de preguntas a Dios en cuanto pueda

P. José Fernando Juan.

No creas que por ser cura lo sé todo. Las monjas están en las mismas. Y muchos laicos, casados y comprometidos, comparten situación, dudas e interrogantes. Los obispos no están exentos de las preguntas, tanto cuando llevan solideo como cuando no lo llevan. Forma parte de la naturaleza humana, en todo tipo de asuntos, cuanto más geniales y más abarcantes mejor.

De hecho, me encuentro habitualmente con gente -por gente entiendo todo tipo de personas, incluso las que en principio me dicen que ellas de fe poco, de iglesia nada, o que han perdido aquello que tenían en la infancia y que les hacía ser tan ingenuos- que me pregunta a mí, como si yo fuera Dios, alguna cosilla interesante sobre Dios mismo. Por qué esto, por qué aquéllo, por qué permite que suceda tal cosa, cómo es posible que no lo veamos con mayor claridad.... temas de los de siempre, temas de fe, que al tiempo que nos están permitiendo hablar de Dios, lo esconden o lo oscurecen un poco.


Mejor que hablar de Dios es siempre hablar con Dios. Y cuando vas respondiendo por ahí que pregunten directamente a Dios, frente a la Cruz por ejemplo, todavía alguno pone cara de “no se me había ocurrido” y responde con sorpresa “qué gran idea, gracias”.

Aquí nadie se queda al margen, de verdad. Sería interesante en algún que otro momento, que pudieras escuchar cómo viven su fe esas personas de referencia que tienes alrededor. Si no se hacen preguntas, no tienen mucha fe. Si van muy seguros por el mundo, quizá tampoco. La cuestión es que creen, con fuerza, por encima de todas esas dificultades. En un mundo, además, que no se ahorra ocasión para soplar, como el lobo, intentando probar la morada que habitamos.

En cuanto pueda, yo también pienso preguntarle a Dios un par de cosas. De hecho, os recomiendo estas dos preguntas para empezar: la primera, qué puedo hacer por mi hermano, por mi prójimo, por mi compañero, por el que tengo cerca, pegado, al lado, el inseparable, el imprescindible en mi vida, el que siempre está ahí; la segunda, un poco más fuerte, la verdad, qué puedo hacer por ti, dicha con sencillez de corazón y llaneza de espíritu, así de simple. 

Si estas dos preguntas no dan de sí toda una vida, no sé cuál puede ser. Al final de mis días, supongo que todo cambiará, y me preguntaré cosas del estilo de qué podría haber hecho, y no hice, qué oportunidades dejé pasar, y por qué. Aunque también voy descubriendo que se van abriendo paso otras, más potentes si cabe, por qué he tenido la dicha de conocerte y quererte, de conocer a tanta gente buena y quererla, de estar acompañado tan divinamente.

Autor: P. José Fernando Juan