17 de abril de 2014

¿Qué hace Poncio Pilato en el Credo?

 

 No pocos se extrañan de encontrar en una formulación de fe tan escueta como es el Símbolo Apostólico, la mención de Poncio Pilato. Pero en realidad ésta fue una necesidad, para que los cristianos de los primeros tiempos, tentados por las modas de aquellos días a espiritualizar al Señor, tuvieran siempre presente que Jesús había predicado y realizado las obras de Dios en un lugar y tiempo determinados; es decir, que el Logos se había encarnado y se hizo parte de nuestra historia, comprometido con los hombres y vivido sus circunstancias humanas.

No es, pues, Jesús un mito o leyenda de los que se cuentan desde siempre: «Había una vez un hombre...». No. Tampoco es Jesús un superhombre, una proyección de las ansias de grandeza del hombre y de su sed de poder.

Jesús de Nazaret es un personaje histórico, que vivió en un determinado tiempo de los emperadores romanos Augusto y Tiberio, en una provincia del gran imperio romano, llamada Palestina. Jesús está dentro de la historia humana.


Cómo eran las cosas en el tiempo de Jesús


En el tiempo de la vida pública de Jesús, la Palestina estaba bajo el dominio político y militar del imperio romano. A pesar de gozar de una cierta libertad, los judíos eran controlados por los romanos y no podían contrariar los intereses del imperio.


Por su parte, las autoridades judías no estaban mayormente interesadas en cambiar las cosas pues la alianza con los romanos les era muy ventajosa. Esto garantizaba al sumo sacerdote y a su consejo un relativo poder de decisión en asuntos relacionados con la política interna.


Las funciones del procurador eran bien claras: la primera era mantener aquella región bajo el control de los romanos; además, poner orden en las cosas, reprimir rebeliones y silenciar a la «oposición».

Además, era él quien nombraba al sumo sacerdote –y tenía poder de destituirlo–. El sumo sacerdote era la autoridad religiosa y política suprema, después del procurador romano. Por último, Poncio Pilato tenía el poder de condenar a muerte a los que cometieran delitos políticos.



Fuente: Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia