10 de septiembre de 2016

Espíritu Santo. La fuerza de vida de Dios

I. EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.


1- Es difícil hablar del Espíritu Santo. En el A. T., el Padre nos revela algo de su propia identidad («Yo no quiero la muerte del pecador», etc.). En el N. T. se manifiesta el Hijo («Yo soy el camino», etc.). El Espíritu Santo está presente en la Sagrada Escritura desde el principio (Gn 1, 2) hasta el final (Ap 22, 17), pero nunca se nos ha dirigido con el pronombre personal «Yo». Permanece en el anonimato.

«Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2, 11). El Espíritu, que conoce la intimidad de Dios, nos revela al Padre y al Hijo, pero no se revela a sí mismo. San Pablo nos dice que «El E. S. clama en nuestros corazones Abba, Padre» (Ga 4, 6) y que «nadie puede decir que Jesús es Señor si el E. S. no le mueve» (1 Cor 12, 3). El Espíritu se manifiesta en total referencia al Padre y al Hijo. Es el «vinculum caritatis» que une y diferencia al Padre y al Hijo; es la relación entre ambos, la fuerza que impulsa a Dios a salir de sí mismo. Está al origen de la creación, de la revelación, de la encarnación; pero permanece oculto, inefable.

Desde nuestra experiencia, sabemos lo que es un padre y podemos hacernos una idea de la primera persona de la Santísima Trinidad (aunque imperfecta). También tenemos experiencia de lo que significa ser hijo y, mirando a Jesús, podemos comprender algo sobre la segunda persona de la Santísima Trinidad (aunque siempre nos quede lo más y mejor por descubrir). Pero no tenemos puntos de referencia para hablar del Espíritu Santo. Él no tiene forma ni figura, ni encontramos analogías para explicar su misterio. La misma palabra «Espíritu» puede ser aplicada también al Padre y al Hijo. Y con la calificación «Santo» sucede lo mismo: también el Padre y el Hijo lo son. Al Espíritu Santo no lo podemos conocer por lo que es en sí mismo, sino por sus efectos, por su obra en la creación, en la historia de la salvación y en nosotros mismos, ya que el Espíritu es la acción misma de Dios: el Poder con el que Dios actúa, la Gracia por la que Dios es gracioso, el Amor con el que Dios ama.

2- EL NOMBRE (ruah - pneuma - spiritus). La palabra hebrea significa originalmente soplo, aliento, aire, viento, alma. Tiene un profundo sentido dinámico. En hebreo es de género femenino, por lo que su relación con la vida, con la generación, es muy fuerte. La palabra ruah se utiliza 389 veces en el A. T. (277 su traducción «pneuma» en los LXX), con tres significados claramente diferenciables, según el contexto:

1- simplemente el viento, el soplo del aire; a veces suave (brisa): «el viento acaricia mi rostro» (Job 4, 15) y a veces fuerte (huracán): «YHWH hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este, que secó el mar y dividió las aguas» (Ex 14, 21). Es Dios quien lo «hace soplar» (Ex 10, 13), lo «envía» (Nm 11, 31), lo «saca de sus depósitos» (Jr 10, 13), lo «suscita (Sal 107, 25)...

2- la respiración, la fuerza vida que hay en el hombre: «el Señor formó el espíritu en lo íntimo del hombre» (Zac 12, 2), la sede del conocimiento y de los sentimiento: «su espíritu estaba conturbado» (1 Sam 1, 15), el alma: «desconoció al que le modeló, al que le inspiró el alma» (Sab 15, 11). También aquí Dios es su origen: «Él tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre» (Jb 12, 10); «vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el Espíritu vuelva a Dios, que es quien lo dio» (Qo 12, 7).

3- la fuerza de vida de Dios, por la que él obra y hace obrar: «Si retiras tu Espíritu, expiran y vuelven al polvo; si envías tu Espíritu son creados y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104, 29-30). Es el principio por el que Dios crea y entra en relación con sus criaturas y con el hombre, la energía con la que Dios actúa en las personas y en la historia para realizar su proyecto de salvación.

El paso de usar la palabra «ruah» para designar el aire, el aliento, a designar también el alma, la vida, es natural. La respiración distingue a un hombre vivo de un cadáver. Si hay aliento, hay vida. Lo original en el A. T. es la insistencia en que el «soplo», el «espíritu» del hombre y el «Soplo», el «Espíritu» de Dios no son dos realidades distintas, sino un único elemento vivificador que Dios concede al hombre. Sin el Espíritu, los seres son sólo carne, impotencia, con el Espíritu se nos da la posibilidad de vivir la misma vida de Dios, de actuar como él: «infundiré mi Espíritu en vosotros para que os conduzcáis según mis preceptos y observéis mis normas» (Ez 36, 27. Ver también Ez 11, 19; Sal 51, 12; Is 32, 15; Zac 12, 10; etc.).

Para los griegos, «espíritu» se opone a «materia», a «cuerpo» (espíritu se identifica con «fantasma», con la existencia inmaterial en el mundo de las ideas). En la Biblia no es así; la ruah es la fuerza, el principio de acción. No se opone a «cuerpo», sino a «carne», a la realidad terrestre del hombre, caracterizada por la debilidad y por su carácter perecedero: «El egipcio es un hombre y no un Dios y sus caballos son carne y no espíritu» (Is 31, 3). La sanción del diluvio está preparada por la constatación de que los hombres quieren vivir sólo de su propio principio terrestre: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, puesto que él es pura carne» (Gn 6, 3).

Se habla del Espíritu que invade (Nm 24, 2), llena (Dt 34, 9), se apodera de (Jc 6, 34), empuja (Jc 13, 25), irrumpe sobre (Jc 14, 6. 19), se aparta de y se adueña de (1 Sam 16, 14ss), lleva lejos (1 Re 18, 12), arroja (2 Re 2, 16), se derrama desde arriba (Is 32, 15), entra en (Ez 2, 2), levanta y arrebata (Ez 3, 14), conduce (Ez 8, 3), cae sobre (Ez 11, 5)... Verbos que no hacen referencia a algo, sino a Alguien que actúa, que no está a control de los hombres, que toma la iniciativa. El estudio del origen de la palabra «ruah» y de su uso es importante, pero no nos basta para comprender su significado, de qué o de quién hablamos al nombrar este «soplo» divino. Veamos la historia de su manifestación y los efectos de su obrar.

Fuente: mercaba.org


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