10 de marzo de 2016

Luz y sal. «Estos son los que han atravesado la gran tribulación» (Apocalipsis 7,14)

Misioneras de la Caridad asesinadas en Yemen.

«Estos son los que han atravesado la gran tribulación» (Apocalipsis 7,14). Al anciano que pregunta quiénes son y de dónde vienen los que están vestidos de blanco, se le responde que «han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero» (Apocalipsis 7, 14). Es una respuesta a primera vista extraña. Pero en el lenguaje cifrado del vidente de Patmos se da una referencia precisa a la cándida llama de amor, que llevó a Cristo a derramar su sangre por nosotros. En virtud de esa sangre, somos purificados. Apoyados por esa llama, también los mártires han derramado su sangre y se han purificado en el amor: en el amor de Cristo que les ha hecho capaces de sacrificarse a su vez por amor. Jesús dijo: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Juan 15,13). Cada testigo de la fe vive este amor «más grande» y, siguiendo el ejemplo del divino Maestro, está dispuesto a sacrificar la vida por el Reino. De este modo, uno se hace amigo de Cristo, se conforma con Él, aceptando el sacrificio incluso hasta el final, sin poner límites al don del amor y al servicio de la fe.

Cuando los cristianos son verdaderamente levadura, luz y sal de la tierra, se convierten a su vez, como le sucedió a Cristo, en objeto de persecuciones; como Él son «signo de contradicción».
La convivencia fraterna, el amor, la fe, las opciones a favor de los más pequeños y pobres, que caracterizan la existencia de la comunidad cristiana, suscitan a veces una aversión violenta.
(Benedicto XVI. Homilia en en la Basílica de San Bartolomé.  7 de abril de 2008)


“... la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires... El testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes... Es un testimonio que no hay que olvidar... En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi “militi ignoti” de la gran causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus testimonios” 
(Juan Pablo II. Tertio Millennio Adveniente. 1994)


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