9 de octubre de 2015

La conciencia

San Doroteo de Gaza

Cuando Dios creó al hombre, puso en él un germen divino, una especie de facultad más viva y luminosa que una chispa, para iluminar el alma y permitirle discernir entre el bien y el mal. Es lo que llamamos conciencia, que no es sino la ley natural. Ella está representada, según los Padres, por los pozos que cavó Jacob y que los filisteos llenaron de tierra (Gn 26,15). Fue conformándose a esa ley de la conciencia cómo los Patriarcas y todos los santos anteriores a la ley escrita fueron agradables a Dios.

Pero progresivamente los hombres la fueron sepultando por sus pecados y terminaron por despreciarla, de tal modo que nos hicieron falta la ley escrita, los profetas, y la misma venida de Nuestro Señor Jesucristo para sacarla a la luz y despertarla, para revivir por la práctica de sus santos mandamientos esa chispa sepultada. Está ahora en nosotros el enterrarla nuevamente o dejarla brillar para que nos ilumine, si es que le obedecemos. En efecto, si nuestra conciencia nos indica hacer tal cosa y nosotros la despreciamos, si ella insiste nuevamente y nosotros no hacemos lo que dice, persistiendo en pasarla por alto, terminaremos por sepultarla y el peso con que la hemos tapado le impedirá en adelante hablarnos con claridad.


Pero como una lámpara cuya luz está opacada por las manchas, comienza a hacernos ver las cosas más confusamente, más oscuramente, por así decirlo, y del mismo modo que en aguas fangosas nadie puede reconocer su rostro, comenzaremos a no percibir más su voz e incluso llegaremos a creer que no tenemos ya conciencia. Sin embargo no hay nadie que esté privado de ella, porque como lo hemos dicho, es algo divino que no puede morir nunca; ella nos recuerda continuamente lo que debemos hacer, somos nosotros los que no la oímos más porque, como ya lo he dicho, la hemos despreciado.

Por eso el Profeta llora sobre Efraín diciendo: Efraín ha oprimido a su adversario y pisoteado el juicio (Os 10, 11). Es a la conciencia la que él llama adversario. De ahí proviene lo dicho en el evangelio: Ponte pronto de acuerdo con tu adversario mientras estas en camino con él, no sea que este te entregue al juez, y el juez a los guardias que estos te metan en prisión. En verdad te digo que no saldrás hasta que hayas pagado hasta el último céntimo (Mt 5, 25-26). ¿Por qué conciencia es llamada adversario? Porque ella se opone constantemente a nuestra voluntad torcida nos acusa cuando no hacemos lo que debemos, y también si hacemos lo que no debemos hacer nos condena. Por eso es llamada adversario y se nos da el consejo de ponernos de acuerdo pronto con el adversario mientras estamos con él en camino. El camino, tal como lo entiende San Basilio, es el mundo presente.

Esforcémonos, hermanos, por cuidar nuestra conciencia mientras estemos en este mundo, procurando no caer en su condenación en cualquier cosa que hagamos, y tratando de no despreciarla o pasarla por alto jamás en cualquier cosa, por mínima que parezca. Porque de esas pequeñas cosas que consideramos sin importancia, pasaremos a despreciar también las grandes.

Se comienza pues por decir: ¿Qué importa si digo esa palabra?, ¿qué importa si como ese bocado?, ¿qué importa si me meto en ese asunto? Y a fuerza de decir qué importa esto, qué importa aquello, se contrae un cáncer maligno y pernicioso, se comienza a subestimar las cosas importantes y aun graves, a pisotear nuestra conciencia, y finalmente corremos el riesgo de degradarnos poco a poco hasta llegar a una total insensibilidad.



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