14 de septiembre de 2015

Apaguemos la máquina de juzgar


Por Manuel Rodriguez Diaz.
 
Esa maquinita, la de juzgar a los demás, la de juzgar a esos a quienes llamamos: los otros, ellos, esos, la gente, esa gente, etc. Tendríamos que apagarla alguna vez; siquiera por un rato, e ir aprendiendo paulatinamente a mantenerla apagada cada vez por más tiempo, hasta que su ruido constante se nos haga molesto y sepamos vivir sin ella.

Cuando digo, o tan sólo pienso, que tú juzgas a otros, te estoy juzgando y por la tanto haciendo lo que, al verlo en ti, condeno. Así funciona la máquina de juzgar, constante, insistente, sin parar. No deja de andar ni por un instante ni en ningún lugar; hasta que quien la lleva encima diga basta.

En las viejas películas de vaqueros, no podía faltar el duelo entre los pistoleros decididos a dejar en claro quién era el más rápido del oeste. 
Ellos usaban revólveres, nosotros usamos los dedos; siempre listos para apuntar, siempre prestos a señalar, y también competimos para dilucidar quién posee el índice acusador más rápido en nuestro entorno.


La máquina de juzgar no me guía a ningún lado; me confunde, me distrae, me ensordece y enceguece y me hace perder tiempo invaluable. Al dejar de prestarle atención la dejó irse consumiendo sin remedio y puedo aprender a aceptar y perdonar.

En el evangelio de San Lucas leemos: “No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.” (Lucas 6,37) No son unos versos para recitarlos sin pensar, como cualquier otra letra vacía hecha para entretenernos. Es palabra de Dios. Palabra de verdad para que la hagamos vida en nuestra vida.

La máquina de juzgar te cierra puertas, te bloquea caminos, te amarga hasta el agua dulce y te quita la tranquilidad; apágala y gana en tiempo y en espacio para alcanzar la paz y la libertad.